Manual de Genealogía

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¿Tendré antepasados judíos? Mitos y realidades

La posibilidad de descender de judíos conversos ha constituido para los españoles una de las mayores pesadillas posibles durante siglos. Una sola gota de sangre conversa manchaba irremisiblemente a toda la descendencia, por cualquier rama y grado, por remota que fuera, según la fórmula incansablemente reiterada en los interrogatorios que, para demostrar la llamada limpieza de sangre, se efectuaron en los Reinos de España desde mediados del siglo XV hasta bien entrado el XIX. Ser considerado oficialmente descendiente de conversos impedía el acceso a numerosos cargos, estudios, oficios, privilegios…  era una losa que causaba enormes perjuicios a todo un linaje.

Hoy en día, libres de absurdos prejuicios, podemos plantearnos objetivamente esta posibilidad. Es más, nos puede despertar un interés con tintes casi novelescos ya que si descubrimos una rama de antepasados conversos podemos dar por seguro que la saga familiar incluirá, desgraciadamente, interesantes historias de ocultamiento, persecución y supervivencia.

Pero para llegar a ello deberemos ser fieles a la norma general de la Genealogía: avanzar desde el presente hacia el pasado, de modo que nos remontemos paso a paso hasta antepasados que documentalmente podamos considerar conversos o descendientes de tales. No obstante, algunos libros y numerosas páginas en internet proponen atajos que, según prometen, nos permitirán descubrir fácilmente si poseemos ascendientes conversos… ¿qué hay de cierto en todo ello? Veamoslo.

En primer lugar encontraremos las listas de apellidos conversos, una propuesta tan simplista que la tendremos que rechazar de plano. Circulan listados de los apellidos originales de los judíos españoles antes de la conversión, relación que no nos aportará nada ya que éstos adoptaron nuevos nombres de pila y apellidos al abrazar la religión cristiana. Incluso si un apellido judío es idéntico a cualquier apellido español actual será mera casualidad o se tratará de topónimos o nombres usuales que nada indicarán, ya que los conversos nunca mantuvieron sus apellidos originales. Pero más confusas son las listas de apellidos españoles de los que se afirma solemnemente que fueron identificados por el Santo Oficio como propios de conversos. Si algo claro tenían los miembros de la Inquisición era la variabilidad en el uso de los apellidos que demostraron los conversos, especialmente en el primer siglo tras el decreto de expulsión de 1492, para intentar borrar el rastro de los antepasados incómodos. Los conversos adoptaron apellidos plenamente españoles y ello quiere decir que en aquellas épocas convivieron familias homónimas de diferente origen. Por norma todos los apellidos de los conversos guardan correspondencia con uno o, normalmente, varios linajes de cristianos viejos. El absurdo llega a su cénit en estos listados cuando se identifican como conversos apellidos tan comunes como García, Pérez, Álvarez… Evitemos una trampa tan burda: no existen listados mágicos de apellidos propios únicamente de conversos.

En segundo lugar se ha escrito acerca de los criterios genéricos que emplearon los judíos conversos al adoptar nuevos apellidos y que les “delatan” como tales, algo igualmente disparatado. Son indicaciones tales como la de que usaron especialmente apellidos de santos o relacionados con la religión para exaltar su verdadera conversión, o que prefirieron los relacionados con la naturaleza, o bien escogieron aquellos que indicaban su procedencia geográfica (toponímicos). Incluso circula reiteradamente por la red el disparate de que los conversos quisieron mantener de forma oculta una mención a su pasado incluyendo la palabra “eretz”, del hebreo “la tierra de Israel”, en sus apellidos y de ahí que todos los apellidos acabados en -ez implican este origen, una teoría tan desconocedora de la onomástica española que no merecería ser mencionada si no se hubiera difundido tan ampliamente. Ahora bien, sí puede ser cierto que en determinados lugares y momentos pudo haber alguna tendencia entre los conversos a emplear determinados tipos de apellidos, pero no cabe duda de que en el momento en que la sociedad los identificó como tales se volvieron a transformar, puesto que el principal objetivo del converso fue permanentemente la eliminación del rastro de su origen, para sí y sus descendientes. Por tanto, si apellida San José o Santa María, de la Peña, de León o Sánchez, seguirá sin saber si puede tener raíces conversas o no, como cualquier otra persona.

Existe otra opción para descubrir si tenemos antepasados judíos sin conocer con exactitud nuestro árbol genealógico; realizar un test de ADN que nos pueda relacionar con otras familias sefardíes. Algo que en realidad resulta muy recomendable al iniciarse en mundo de la Genealogía en general (ver el apartado sobre ADN), aunque en caso de los sefardíes conviene hacer algunas aclaraciones:

-Los judíos en España no constituían un conjunto homogéneo en lo racial sino en lo religioso. Las sucesivas entradas de judíos a la Península no siempre procedieron del antiguo Israel sino también de otras comunidades convertidas al judaísmo, a lo que hay que sumar la conversiones que tuvieron lugar ya en nuestro país entre la población autóctona, sin olvidar la existencia de enlaces mixtos. De este modo, si pudiéramos haber realizado la prueba de ADN a los judíos que vivían en los reinos españoles antes de 1492 encontraríamos gran variedad de orígenes genéticos. Prueba de ello, para quienes deseen profundizar en la cuestión, es la diversidad que muestra el proyecto sobre herencia sefardita (ADN-Y, masculino) de Family Tree.

-Aun así, no descartemos las pruebas de ADN, los estudios genéticos están avanzando en la identificación de algunos marcadores específicamente sefardíes. Y, también, es posible detectar coincidencias al comparar el ADN de los sefardíes en el exilio con los actuales habitantes de España y de la América Hispana, hecho que puede demostrar un origen judío común pero también la posibilidad de que en la rama sefardí hubiera habido un matrimonio con un gentil (no judío).

-No obstante, seamos conscientes de las pruebas más concluyentes son solo aquellas que analizan específicamente el ADN de nuestro antepasado varón por línea directa (ADN-Y) y el de nuestra antepasada directa por vía femenina (ADN-Mitocondrial) pero sobre el resto de ADN, es decir, la gran mayoría de la herencia genética recibida al azar de nuestros miles de antepasados que vivían en 1492, no descubriremos nada, al menos con el nivel actual de conocimientos sobre esta cuestión.

En definitiva, el ADN puede ser la clave, pero, asumamos que debido a las salvedades indicadas es poco probable que obtengamos un rastro genético determinante, ni a favor ni en contra. Refleja la complejidad de esta cuestión el fallido artículo publicado en 2008 y titulado “The Genetic Legacy of Religious Diversity and Intolerance: Paternal Lineages of Christians, Jews, and Muslims in the Iberian Peninsula” donde los autores, reputados genetistas, desconociendo la historia de España consideraron que todo el rastro genético de Oriente Próximo hallado en la pequeña muestra de españoles que se analizó era atribuible a los  sefardíes, por lo que según ellos un 20% de los españoles descenderían directamente por línea de varón de judíos conversos. Partiendo de que jamás fue tan numerosa la población judía, es aún más grave que el estudio no tuviera en cuenta que ya desde el Neolítico se registró la llegada de las primeras oleadas que cruzaron el Mediterraneo hasta nuestras tierras, pasando por el establecimiento de numerosos y estables asentamientos griegos, fenicios y cartagineses, cuyo ADN aún no sabemos distinguir con precisión del de sus vecinos israelitas, puesto que pertenecen a un mismo conjunto genético.

Por tanto, salvo que el ADN nos sorprenda con un descubrimiento positivo, no podemos afirmar que descendemos de judíos sin un estudio serio y completo, generación a generación, de nuestros antepasados. Iremos adentrándonos en los siglos XVII, XVI, con suerte en el XV y las circunstancias familiares nos indicarán hasta qué punto pudieron ser conversos. Es más, si lo fueron, no habrá un criterio fijo que nos lo confirme, partiendo del hecho de que hubo conversiones desde las primeras grandes persecuciones que sufrieron ya en 1391. Puede que encontremos sentencias o acusaciones de la Inquisición por judaísmo, en cuyo caso tendremos que valorar hasta qué punto estuvieron bien fundadas. O bien deberemos revisar entre estos mismos fondos a la búsqueda, por ejemplo, de los “habilitados” por el Santo Oficio, es decir aquellos que habían sido condenados y a los que se les levantaban los efectos de las condenas.

También podríamos descubrir a través de las propiedades familiares que los fundadores de vínculos que heredaron nuestros antepasados eran conversos. O bien que las actividades, oficios o parentescos nos hagan sospechar este origen y podamos enlazarlo con pruebas definitivas. Habrá que ir de la mano de los estudios sobre Historia Moderna y deslindar los hechos ciertos de las sospechas. Al igual que hace apenas unos años se ocultaba cualquier atisbo de origen converso, hoy en día parece haber cambiado totalmente la tendencia y aunque se están realizando brillantes estudios sobre esta cuestión, aún hay muchas investigaciones que se basan en datos muy dudosos para poblar de conversos las genealogías; seamos cautos y busquemos una confirmación sólida en los documentos.

Por último, tengamos cuidado con el concepto “converso”.  En épocas pasadas era denominado converso todo aquel que la sociedad considerase que descendía de un judío convertido al cristianismo, por cualquier rama, daba igual cuantas generaciones hubieran transcurrido. Este mismo criterio, impreciso, sigue empleándose por muchos investigadores actuales que o bien no saben precisar con exactitud la procedencia judía de una familia (quizás inexistente) o prefieren mantener esta terminología que puede dar lugar a la confusión de pensar que alguien llamado así descienda de conversos por todas sus ramas. Un genealogista debe ser más preciso y buscar los orígenes conversos para determinar si son reales o supuestos, intentando deslindar qué ascendencia pudo serlo y cual no y por tanto restringiendo el término sólo a los judíos que se convirtieron al cristianismo e indicando para sus descendientes el hecho de que eran descendientes de conversos por tal o cual rama y grado.

En definitiva, no será fácil, pero resultará muy estimulante la búsqueda. Descubrir que descendemos de personas que tenían otras creencias e incluso que procedían de otras razas, países e incluso continentes es probablemente la mejor vacuna contra el racismo y las barreras que levantamos contra otras culturas y creencias.

Antonio Alfaro de Prado

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Esta entrada fue publicada en 14 marzo, 2014 por .

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